viernes 5 de febrero de 2010

En castellano, please
























Pum
pumpum pumpum pum pumpupumpupum pumupm poupomum pumum...

...Pum pumpum pumpum pum pumpupumpupum pumupm poupomum pumum...

...Pum pumpum pumpum pum pumpupumpupum pumupm poupomum pumum...

...I don't see what anyone can see on anyone else but you...

jueves 4 de febrero de 2010

"¡Oh, Babilón!"

Pienso en una profesión cualquiera. En un fontanero o médico o bombero o profesor o periodista o político o agricultor o cualquier otra. Y esto es lo que pienso: que la sociedad las define a todas. Por el servicio que prestan al resto de personas. Define qué llevan a cabo, su objeto. ¿Y su fin? ¿Su para qué?

El fontanero repara las tuberías de las casas de otras personas. El médico cura a personas enfermas. El bombero apaga los incendios donde viven personas o de los bosques donde les gusta pasear. El periodista mantiene a las personas informadas y el político vela por sus intereses. El agricultor les da de comer. El empresario también. Y el profesor.

¿Es nuestra sociedad individualista? Sí. El fontanero quiere dinero, el médico quiere dinero, el bombero quiere dinero, el profesor quiere dinero, el periodista quiere dinero, el político quiere dinero, el agricultor quiere dinero. No hace falta hablar del empresario. ¿Es nuestra sociedad individualista? No. El fontanero es fontanero por otros, el médico es médico por otros, el bombero es bombero por otros, el profesor es profesor por otros, el periodista es periodista por otros, el político es político por otros, y el agricultor es agricultor por otros. Incluso el empresario es lo que es por los demás.

¿Es ingenuo afirmar esto? Si por ingenuidad se entiende ceguera, no lo sé. Los demás marcan el qué de la profesión. Y cada quien su para qué. Si los demás son necesarios para determinar el qué, ¿no es estar ciego pensar entonces que el para qué es sólo (sólo) un para mí? ¿Y no es una ingenuidad mayor creer que así es como debe ser?

No sé.


lunes 1 de febrero de 2010

Moralistas. Por un "arte" libre
























La semana pasada leí un cuento y vi una película con moraleja. Es decir: no me gustó ninguno. El cuento: Shakespeare in the Bush, de Laura Bohannan. La película: En tierra hostil (The Hurt Locker, 2008). Al parecer, el texto es un alegato a favor del relativismo cultural. Ni siquiera tiene gracia. A uno se le hace pesado. Y la película empieza con "La guerra es una droga", etc., y lo demuestra después. Contando la historia de un drogadicto a la adrenalina que sólo encuentra desactivando bombas. Sin más: también es un poco larga y pesada.

No estoy en contra de que libros y películas quieran enseñar cosas a la gente. Estoy en contra de que fuercen sus historias sólo para que cuadren con la moraleja que quieren dejar a la audiencia de regalito. Porque en ese forcejeo con la realidad sale perdiendo la calidad del producto final. Le hace violencia. Y tampoco es muy verosímil. Y el escritor o director pierde credibilidad.

Todo en mi opinión, por supuesto. Los críticos han puesto muy bien En tierra hostil, así que bueno. Pero no me convence. Tanto el cuento como la película atentan contra el artículo dos del espíritu del estuche, Que no es que no. Muy grave. Y eso es todo.